Puto maricón. La verdad es que era demasiado viejo para odiarlo. Llevaba el uniforme de los que viajan con abono: paraguas con una anilla de oro al final de la empuñadura, maletín, zapatos brillantes como espejos. El maletín contenía probablemente un equipo portátil nazi de rayos X.

– No.

– Antes era una línea magnífica. Tenía… ambición. ¿Has oído hablar alguna vez de la Línea Brill?

¿Qué era lo que buscaba? ¿Violarme, secuestrarme? Lo mejor era seguirle la corriente, no fuera que dentro de seis meses me viese en Turquía gordo y sin cojones.

– No.

– La Línea Brill que venía de Quainton Road. Todas las dobleuves. Waddesdon Road. Wescott. Wotton. Wood Siding. Brill. La hizo construir el duque de Buckingham. Imagínate. La había construido para su propia finca. Desde hace ya treinta años todo esto ha pasado a formar parte de la Línea Metropolitana. Sabes, yo fui en el último tren. En mil novecientos treinta y cinco o treinta y seis, algo así. El último tren de Brill a Verney Junction. Suena como el título de una película, ¿verdad?

Ninguna que yo hubiese visto. Y menos si él me lo preguntaba. Tenía que ser un violador. Cualquiera que hablase con niños en los trenes obviamente lo era, ex hypothesi. Pero este era un viejo raquítico hijo de puta, y yo estaba más cerca de la puerta. Además, tenía el paraguas. Mejor que se lo hiciese notar mientras le hablaba. A veces, esta gente se pone violenta si no les diriges la palabra.

– ¿Y qué tal la primera clase? -¿Debería decirle «señor»?

– Era una línea magnífica. La llamaban «Línea de la Prolongación» -(¿estaba empezando ya a decir guarradas?)-. Iba de Baker Street a Verney Junction. Estuvo funcionando con un vagón Pullman -(¿acaso intentaba evadir mi pregunta?)- hasta el comienzo de la guerra contra Hitler. En realidad, dos vagones Pullman. Imagínate. Imagínate un vagón Pullman en la Línea Bakerloo.



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