Eso no tenía vuelta de hoja. La vida no comenzaba de verdad hasta que se abandonaba el colegio. Éramos lo bastante maduros como para darnos cuenta de ello. Cuando uno salía al mundo empezaba:

«…a tomar Decisiones Morales…»

«…a tener Relaciones Sentimentales…»

«…a hacerse Famoso…»

«…a escoger Su Ropa Personalmente…»

De momento, todo lo que se podía hacer en ese terreno era juzgar a los padres, asociarse con los confidentes de tus odios, intentar ser muy popular entre los chicos menores sin hablar nunca con ellos, y decidir si nos abotonábamos o no el último botón del cuello de la camisa. No era gran cosa.

7. Las curvas de la mendacidad

El domingo había sido creado para Metrolandia. Los domingos por la mañana, todavía en la cama pensando en cómo matar el día, dos ruidos invadían el silencioso y satisfecho barrio: el de las campanas de la iglesia y el del tren. Las campanas nos despertaban con su persistencia, sonando con un vigor, por demás irritante, para detenerse con un medio repique desganado. Los trenes hacían un estruendo mayor que el usual al entrar en la estación de Eastwick, como si celebraran la carencia de pasajeros. Hasta el mediodía -debido a una especie de acuerdo tácito pero indiscutible- no comenzaba un tercer ruido: el monótono bramido de los motores de las cortadoras de césped, acelerando, frenando, girando, acelerando, frenando, girando. Acalladas las máquinas, se oía el modesto cerrar de las tijeras podadoras y, finalmente -un sonido perceptible de modo subliminal-, el gentil frotar de las gamuzas sobre portaequipajes y capós.

Era el día de las mangueras en los jardines (todos pagábamos un impuesto de más por tener grifos al aire libre); de niños cretinos gritando como dementes a varios jardines de distancia; de pelotas hinchables apareciendo por encima del cercado; de conductores principiantes causando pánico en la curva de la carretera que rodeaba la casa; de jóvenes conduciendo los coches de sus padres hasta The Stile para tomar una copa antes de comer, y dejar caer los sobrecitos azules de la sal por entre las tablillas de madera de las mesas de la terraza. Parecía que los domingos eran siempre pacíficos y siempre soleados.



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