
Por supuesto, Tierra Arrasada nunca llegaba hasta el límite. Con una perspicacia impropia de nuestra edad, nos dábamos cuenta de que el mero rechazo o alteración de los puntos de vista y la moralidad de nuestros padres, no era más que un amargo acto reflejo. Igual que blasfemia implica religión, decíamos, un borrón general y cuenta nueva de las imposiciones de la infancia representa la asunción de algunas de ellas. Y eso no podíamos aceptarlo. Así que, sin llegar a poner en peligro nuestros principios, acordamos seguir viviendo en casa.
Tierra Arrasada era la primera parte; la segunda era Reconstrucción. Eso estaba en el programa; aunque muy buenas razones -y buenas metáforas- apoyaban nuestra renuencia a examinar muy de cerca ese tipo de asuntos.
– ¿Qué hay de Reconstrucción?
– ¿Por qué?
– ¿No crees que deberíamos empezar a planear alguna cosa al respecto?
– Ya lo estamos haciendo. En eso está T. A.
– Hum…
– Pienso que, a estas alturas, no deberíamos comprometernos demasiado con ninguna línea de acción en particular. Sólo tenemos dieciséis años.
