Sus padres (en parte, imaginábamos, debido a sus experiencias en el ghetto) eran: a) religiosos, b) rigurosos, c) posesivamente cariñosos y d) pobres. El no tenía más que ser ocioso, agnóstico y manirroto, y ya estaba: Airado. El año anterior, por ejemplo, se había cargado el picaporte de la puerta de su casa, y su padre dejó de darle la paga semanal durante tres semanas. Gestos como ese eran provechosos. Mientras que, cuando yo me mostraba dañino, petulante u obstinado, mis padres, vergonzosamente tolerantes, se limitaban a identificar mi condición («Ay, querido Christopher, qué difícil es siempre crecer»). Esa identificación era lo más próximo a la reprimenda que lograba conseguir de ellos. Podía coger un cuchillo y blandido de un lado a otro hasta cortarme una vez, y ¿qué es lo que haría mi madre? Ir por el yodo y vendarme hasta los nudillos.

Por supuesto, Tierra Arrasada nunca llegaba hasta el límite. Con una perspicacia impropia de nuestra edad, nos dábamos cuenta de que el mero rechazo o alteración de los puntos de vista y la moralidad de nuestros padres, no era más que un amargo acto reflejo. Igual que blasfemia implica religión, decíamos, un borrón general y cuenta nueva de las imposiciones de la infancia representa la asunción de algunas de ellas. Y eso no podíamos aceptarlo. Así que, sin llegar a poner en peligro nuestros principios, acordamos seguir viviendo en casa.

Tierra Arrasada era la primera parte; la segunda era Reconstrucción. Eso estaba en el programa; aunque muy buenas razones -y buenas metáforas- apoyaban nuestra renuencia a examinar muy de cerca ese tipo de asuntos.

– ¿Qué hay de Reconstrucción?

– ¿Por qué?

– ¿No crees que deberíamos empezar a planear alguna cosa al respecto?

– Ya lo estamos haciendo. En eso está T. A.

– Hum…

– Pienso que, a estas alturas, no deberíamos comprometernos demasiado con ninguna línea de acción en particular. Sólo tenemos dieciséis años.



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