
– Porque es tu tío.
– Seguirá siendo mi tío el fin de semana que viene, y el siguiente.
– Eso no tiene nada que ver. No hemos ido a verlo una sola vez en las últimas ocho semanas.
– ¿Cómo sabes que tiene ganas de vernos?
– Por supuesto que tiene ganas de vernos. No hemos ido a verlo durante dos meses.
– ¿Ha telefoneado para decir que fuéramos?
– Claro que no. Ya sabes que nunca lo hace. -(Era demasiado tacaño.)
– Entonces, ¿cómo sabes que quiere vernos?
– Porque siempre quiere vernos después de cierto tiempo. No seas pesado, Christopher.
– Pero puede que esté leyendo un libro o haciendo algo interesante.
– Bueno, yo abandonaría el libro para estar con alguien de la familia a quien no he visto durante dos meses.
– Yo no.
– Bueno, no se trata de eso, Christopher.
– ¿De qué se trata? -(Para entonces Nigel bostezaba ya ostentosamente).
– La cuestión es que vamos a ir a verlo esta tarde. Y ahora ve a lavarte las manos para comer.
¿Puedo llevar un libro?
Si quieres puedes llevar uno para leer durante el trayecto, pero tendrás que dejarlo en el coche cuando lleguemos. Es una grosería ir de visita llevando un libro.
– ¿Y no es una grosería ir de visita cuando no tienes ganas de ir?
Christopher, a lavarte las manos.
¿Puedo llevarme el libro al lavabo?
Y así una y otra vez. Era capaz de prolongar estas conversaciones indefinidamente sin acabar con la paciencia de mi madre. La única muestra de disgusto era el llamarme por mi nombre completo. Ella sabía que entonces me iría. Yo también.
Una vez lavados los platos, nos metíamos en nuestro resistente Morris Oxford, negro y con tapicería color ciruela. Mary miraba bobamente por la ventana, dejando que el viento le echara todo el pelo a la cara sin recogérselo.
