Nigel se enfrascaba en la lectura de cualquier revista. Yo solía canturrear o silbar algo, empezando siempre con una canción de Guy Béart que había escuchado por onda larga, y cuya primera estrofa era Cerceuil à roulettes, tombeau à moteur. Lo hacía, en parte, para ponerme de mal humor y, además, para protestar contra la negativa de Los De Delante a poner la radio. Te la daban con el coche y era, en mi opinión, la principal atracción a la hora de comprarlo, puesto que no era extranjero, aerodinámico, rojo ni deportivo. Incluso un adhesivo en el cristal trasero, que había resistido ya varios baños de agua y jabón, anunciaba la radio; decía: HE ESTADO EXPUESTO A LA RADIO ACTIVIDAD. No nos la dejaban usar por carretera porque, según decían Los De Delante, podía distraer al conductor (y no la podíamos utilizar en el garaje porque consumía batería).

Veinte minutos de prudente conducción, nos llevaban al chalet del tío Arthur, cerca de Chesham. Era un carcamal de lo más divertido: astuto, tacaño y un mentiroso inveterado. Mentía de un modo que siempre me pareció simpático. No lo hacía por conveniencia, ni siquiera para llamar la atención, sino simplemente porque le apasionaba. Toni y yo hicimos una vez un estudio piloto sobre la mentira y, después de un minucioso examen de todas las personas que conocíamos, ideamos una Curva de la Mendacidad sobre una hoja de papel cuadriculado. Parecía el corte horizontal de un par de tetas, con los pezones señalando las edades dieciséis y sesenta. Probablemente Arthur y yo estábamos llegando al mismo tiempo a los puntos máximos.

– Hola a todos -gritaba mientras aparcábamos.

Tenía el pelo blanco, iba más encorvado de lo que era para despertar una inmerecida compasión y se vestía deliberadamente con provocativo desaliño para que los demás se condolieran de su vida de soltero. Mi teoría era que no se había casado porque no existía mujer lo suficientemente rica como para retenerlo, que fuese a la vez tan estúpida como para no ver sus intenciones.



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