
– Ocho años, entonces.
Por alguna razón, no parecía mucho tiempo.
9. La gran M
Existían unos cuantos temas privados que yo no le comentaba a Toni. Bueno, realmente, sólo uno: el de la muerte. Siempre nos reíamos de ella, excepto en las raras ocasiones en que conocíamos a la persona involucrada. A Lucas, por ejemplo, el que se ponía siempre detrás de la melé en el equipo de rugby de tercero, lo encontró su madre una mañana muerto por asfixia en la cocina. Pero aun así, nos interesaban más los rumores que el hecho mismo de la muerte. ¿Una novia? ¿Embarazada? ¿Incapaz de enfrentarse a sus padres?
Hubo, supongo, una conexión causal entre el origen de mi miedo a la Gran M y la partida de Dios. Pero si fue así, se produjo como un vago intercambio sin que interviniera un proceso formal de razonamiento. Dios, que se mezcló en mi vida sin pruebas ni discusiones una década antes, fue despedido por una larga serie de razones, ninguna de las cuales, sospecho, parecerá del todo suficiente: el aburrimiento de los domingos, los pelotas que se lo tomaban todo en serio en el colegio, Baudelaire y Rimbaud, el placer de blasfemar (arriesgada razón, esta), tener que cantar himnos religiosos, la música de órgano y el lenguaje de los rezos, la imposibilidad de creer por más tiempo que hacerse pajas es pecado y, como remache, un rechazo absoluto a la idea de que los parientes muertos observaban lo que yo hacía.
