Así pues, había que deshacerse de todo eso, aunque su pérdida no disminuyera en absoluto el aburrimiento dominical ni la culpabilidad derivada de hacerse pajas. Al cabo de unas semanas, sin embargo, como si fuera un castigo, el poco frecuente pero paralizante horror a la Gran M invadió mi vida. No pretendo que la originalidad caracterice el momento ni el lugar en que se materializaban mis ataques de miedo (cuando estaba en la cama, sin poder dormir), pero sí cierta peculiaridad. Siempre sentía el miedo a la muerte tumbado sobre mi costado derecho, mirando por la ventana a la lejana vía ferroviaria. Nunca ocurría cuando estaba tumbado sobre el costado izquierdo, de cara a la librería y al resto de la habitación. Una vez que empezaba, el miedo no disminuía con el mero hecho de darme vuelta: había que soportarlo hasta el final. Todavía hoy conservo la preferencia de dormir sobre el lado izquierdo.

¿Cómo era ese miedo? ¿Les sucede lo mismo a los demás? No lo sé. Un repentino terror in crescendo que te pilla desprevenido; una imperiosa necesidad de gritar, prohibido en las reglas de la casa (siempre lo hacen), que te hace quedar tumbado ahí, con la boca abierta, temblando de pánico; una debilidad total, que tarda una hora por lo menos en desaparecer; y todo esto como telón de fondo y como síntoma de una imagen central -parte visual, parte intelectual- de la no-existencia. La imagen de unas estrellas en constante retirada, tomada, espero -con la torpe trivialidad del inconsciente-, de los títulos de crédito de una película de la Universal. Una sensación de soledad total dentro del temblequeante cuerpo envuelto en el pijama. Un darse cuenta de cómo el Tiempo (siempre en mayúscula) se perpetúa sin ti por los siglos de los siglos. Y una sensación paranoica de estar atrapado en la situación presente por mediación de una persona o personas desconocidas.



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