«…el sentido de las prioridades…»

Pero, en última instancia, todo esto se podía ignorar. Uno podía seguir llevando su vida de fanfarrón. ¿Pero qué pasaría si acababan controlando los colores? Ni siquiera podríamos contar con ser nosotros mismos. Los rasgos morenos y centroeuropeos de Toni, como por ejemplo sus labios gruesos» aparecerían completamente negros bajo la luz del sodio. Mí rostro chato e inequívocamente inglés (todavía esperando con ansiedad su gran salto hacia la madurez) no corría peligro inmediato, pero «ellos», sin duda, acabarían por idear alguna estratagema satírica contra él.

Como puede verse, en aquella época nos preocupaban los grandes temas. ¿Y por qué no? ¿Cuándo, si no, puede uno preocuparse por ellos? No nos habrían sorprendido atribulados por nuestras futuras carreras» porque sabíamos que cuando fuéramos mayores el Estado pagaría a la gente como nosotros por el mero hecho de existir, de pasearnos por el mundo como hombres anuncio proclamando la buena vida. Pero asuntos como el de la pureza del lenguaje, la perfección del ser, la función del arte, más un puñado de intangibles con mayúscula como el Amor, la Verdad, la Autenticidad… bueno, eso ya era otra cosa.

Nuestro rutilante idealismo se expresaba, de forma natural, mediante una constante exhibición pública del más provocativo cinismo. Sólo nuestro afán de purificación podía explicar porqué Toni y yo nos mofábamos de los demás tan intempestiva e implacablemente. Los lemas que juzgábamos apropiados para nuestra causa eran écraser l'infâme y épater la bourgeoisie. Admirábamos el gilet rouge de Gautier y la langosta de Nerval. Nuestra guerra civil española era La bataille d´Hernani. Cantábamos a dúo;

Le Belge est très civilisé;

Il est voleur, il est rusé;

Il est parfois syphilisé;

Il est donc très civilisé.

La rima final nos encantaba, y solíamos colar la equívoca homofonía en toda ocasión durante nuestras circunspectas clases de conversación en francés. Primero chapurreábamos cualquier comentario desdeñoso e irritante en lenguaje normal. El chapurreo se iba deslizando a trompicones:



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