
– Je ne suis pas, hum… d'accord avec ce qui… ce que? -(aquí le dirigíamos una mirada ceñuda al profesor)-, Barbarowski a, hum… juste dit…
Y entonces, uno de nuestros cómplices en la intriga irrumpía en la conversación, antes de que el profesor pudiera recuperarse del disgusto provocado por nuestro torpe chapurreo:
– Carrément, M'sieur, je crois pas que Phillips soit assez syphilisé pour bien comprendre ce que Barbarowski vient de proposer…
Y siempre colaba.
Como puede adivinarse, estudiábamos más que nada francés. Nos gustaba el idioma porque sus sonidos eran rotundos y precisos, y nos gustaba la literatura francesa, sobre todo por su combatividad. Los escritores franceses estaban luchando siempre uno contra otro, defendiendo y purificando el lenguaje, desdeñando el argot, escribiendo diccionarios preceptivos, haciéndose arrestar, siendo perseguidos por obscenidad, mostrándose agresivamente parnasianos, luchando por un asiento en la Academia, intrigando para ganar premios literarios, exiliándose. La idea de la dureza sofisticada nos atraía enormemente. Montherlant y Camus nos parecían dos guardametas. Una foto, publicada en el Paris-Match, de Henri de dirigiéndose a un baile de gala, que yo había pegado con celo en el interior de mi pupitre, era tan venerada en la clase como el retrato con autógrafo de June Ritchie, en A Kind of Loving, que tenía Geoff Glass.
No había ninguna dureza sofisticada en el programa de nuestro curso de literatura inglesa. Y desde luego, ningún guardameta. Johnson era fustigante pero no tanto como nosotros exigíamos. Después de todo, no había cruzado siquiera el Canal de la Mancha hasta poco antes de morir. Y tipos como Yeats, por otro lado, eran todo lo contrario, fustigantes, pero siempre dando el coñazo con hadas y cosas así. ¿Cómo reaccionarían los escritores ingleses si lo rojo se volviera marrón? Apenas se notaría lo ocurrido; a los franceses, en cambio, el trauma los enceguecería.
