Crucé la calle tras él hacia una boutique nueva (cómo desaprobábamos esas importaciones lingüísticas). Grandes letras amarillas anunciaban HOMBRES. Era, sospechábamos, uno de esos nuevos lugares peligrosos en los que te seguían hasta los probadores, introduciéndose en ellos con la intención de violarte, antes de que pudieses quitarte los pantalones. Toni miró a los dependientes uno a uno y se decidió por el de aspecto más respetable: un hombre mayor, con el pelo blanco, traje impecable, e incluso alfiler de corbata y gemelos. Sin duda un vestigio heredado de los anteriores propietarios.

– ¿Puedo ayudarle en algo, señor?

Toni miraba por encima de él los estantes de madera repletos de calcetines Banlon.

Sí, quisiera un hombre y dos niños pequeños, por favor.

¿Perdón? -dijo el vestigio antediluviano.

– Un hombre y dos niños pequeños, por favor -repitió Toni con voz de cliente obstinado. Las reglas del épatprohibían tanto ceder terreno como dejar escapar la risa-. No importa la talla.

– Perdone, señor, pero no le entiendo.

La forma en que dijo «señor», pensé yo, era de lo más fría dadas las circunstancias. Quiero decir que el tipo ya tenía que estar a punto de estallar, ¿no?

– Por el amor de Dios -dijo Toni con un tono bastante grosero-, y tienen la poca vergüenza de poner un letrero que dice HOMBRES. Ya veo que tendré que ir a otro sitio.

– Le sugiero que lo haga, señor. ¿Y puede decirme de qué escuela son?

Pusimos pies en polvorosa.

– Menudo pájaro -me lamenté mientras flaneábamos a toda velocidad.

– Sí. ¿Crees que lo he epatado?

– No está mal, no está mal. -Lo que más me había impresionado es que Toni hubiera estado tan acertado en la elección del dependiente en vez de dirigirse al que estaba más cerca de la puerta.



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