
– ¿Puedo ayudarle en algo, señor?
Toni miraba por encima de él los estantes de madera repletos de calcetines Banlon.
Sí, quisiera un hombre y dos niños pequeños, por favor.
¿Perdón? -dijo el vestigio antediluviano.
– Un hombre y dos niños pequeños, por favor -repitió Toni con voz de cliente obstinado. Las reglas del épatprohibían tanto ceder terreno como dejar escapar la risa-. No importa la talla.
– Perdone, señor, pero no le entiendo.
La forma en que dijo «señor», pensé yo, era de lo más fría dadas las circunstancias. Quiero decir que el tipo ya tenía que estar a punto de estallar, ¿no?
– Por el amor de Dios -dijo Toni con un tono bastante grosero-, y tienen la poca vergüenza de poner un letrero que dice HOMBRES. Ya veo que tendré que ir a otro sitio.
– Le sugiero que lo haga, señor. ¿Y puede decirme de qué escuela son?
Pusimos pies en polvorosa.
– Menudo pájaro -me lamenté mientras flaneábamos a toda velocidad.
– Sí. ¿Crees que lo he epatado?
– No está mal, no está mal. -Lo que más me había impresionado es que Toni hubiera estado tan acertado en la elección del dependiente en vez de dirigirse al que estaba más cerca de la puerta.
