2. Dos niños pequeños

Toni y yo deambulábamos a menudo por Oxford Street tratando de parecer flâneurs. No era tan fácil como parece. Para empezar suele necesitarse un quaio, por lo menos, un boulevard, y, además, por mucho que lográsemos imitar la carencia de propósito de la flâneriemisma al final de cada vagabundeo, nos quedaba siempre la sensación de no haber estado a la altura de las circunstancias. En París, habríamos dejado atrás un sofá destartalado en una chambre particulière. Aquí, lo que dejábamos atrás era la parada de metro de Tottenham Court Road, para dirigirnos a la de Bond Street.

– ¿Qué tal si «ecrasamos» a alguien? -sugerí yo, dándole vueltas al paraguas.

– La verdad, no me apetece mucho. Ayer «ecrasé» a Dewhurst.

Dewhurst, que estaba a punto de ordenarse sacerdote, era uno de nuestros tutores. Toni, ambos estábamos de acuerdo, lo había demolido completamente en el curso de una discusión metafísica mantenida con mala fe.

– Pero no me desagradaría un épat.

– ¿Seis peniques?

– De acuerdo.

Seguimos andando mientras Toni consideraba posibles víctimas. ¿Un vendedor de helados? Una presa pequeña y no lo suficientemente burguesa. ¿Aquel policía? Demasiado peligroso. Los policías formaban categoría aparte con las mujeres embarazadas y las monjas. De pronto, Toni me hizo un gesto con la cabeza y comenzó a quitarse la corbata del colegio. Hice lo mismo, la enrollé y me la metí en el bolsillo. Ahora, tan sólo éramos dos niños no identificables que llevaban camisa blanca, pantalón gris y americana negra ligeramente cubierta de caspa.



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