
– Hola, sheriff. Qué sorpresa. ¿Es que al final has encontrado algo por lo que arrestarme?
Le encantaría tener un cargo por el que arrestarla…, por quebrantar la paz, por ejemplo. La suya propia.
– Más bien al contrario; había pensado que durante un par de días no tendría que preocuparme porque se te ocurriera robar ningún banco. Tienes demasiadas magulladuras como para intentarlo. Pero de pronto se me ocurrió reparar en lo aislada que queda tu casa, y decidí pasarme por aquí. Como estás sin coche, no estaba seguro de sí tendrías algún medio para poder salir o para pedir ayuda.
– Te agradezco mucho el detalle, pero mi sobrino ha estado viniendo todos los días en su moto de nieve a traerme la compra y todo lo que he necesitado. Colin, ven a conocer al sheriff Gautier. Andy, te presento a Colin Marks, el hijo de mi hermana Joanna…
Su sonrisa tenía tanta malicia que un hombre podría sentirse como golpeado por un rayo al mirarla, y Andy estaba todavía intentando recuperarse cuando sus palabras lo calaron. Sobrino. Hijo. Entonces el chico se plantó delante de él con una mano tendida.
Debía medir un metro ochenta y tantos, cerca del metro ochenta y seis que medía él, y tenía el mismo color castaño claro de pelo y verde de ojos que Maggie. Por sus hombros y su estatura podría pasar por un hombre adulto, pero la falta de aplomo revelaba su corta edad.
– Me alegro de conocerte, Colin -lo saludó.
El chico dio un paso más hacia él y a punto estuvo de tropezarse con sus propios pies.
– Yo también me alegro de conocerte -dijo, y bajó rápidamente la mirada-. Maggie, tengo que irme. Mamá se estará preguntando dónde estoy.
