
Su sexto sentido de policía le dijo a Andy que algo no andaba del todo bien, que algo estaba pesándole al adolescente, pero también se dijo que quizás fuese una primera impresión equivocada. Maggie le dio otro abrazo y segundos más tarde, Colin se subió a su moto y desapareció en una nube de nieve.
– ¿Quince? -aventuró Andy.
– A punto de cumplir dieciséis. Y tengo otro sobrino, Rog, con un año menos. Colin es un buen chico, aunque alguna que otra vez se desmanda un poco. Los dos tienen buen corazón. Su padre murió el año pasado, y tanto ellos como mi hermana lo han pasado francamente mal. Pero bueno, antes de que me enrolle con historias de mi familia que a ti te interesarán un comino… ¿vas a permitir que una inválida se congele aquí fuera, o vas a entrar a tomar un café?
– Eso de inválida… -en su opinión, lo que estaba era arrebatadora. Llevaba el pelo suelto, y el sol hacía brillar en él hebras de miel. Se había hecho la raya a un lado, pero aun así se podía entrever el hematoma de la sien derecha. Iba muy poco maquillada, lo suficiente para intentar disimular las ojeras, y el cuello de su jersey rojo ocultaba el vendaje del cuello. Era evidente que no quería que nadie se preocupara por ella, y desde luego aquella sonrisa podía convencer a un hombre de que jamás había sufrido un accidente.
– Bueno, las marcas más llamativas están tapadas. Tienen tantos colores y tan brillantes que me encantaría poder enseñarlas, pero me temo no estar dispuesta a montar esa clase de espectáculo sin una orden judicial. Y supongo que no habrás traído una, ¿verdad?
– Vaya, hombre… pues no. Pero si me dejas pensar un momento, seguro que puedo encontrar algún cargo que…
Ella se echó a reír.
– Mientras tanto, ¿cómo quieres el café, solo o con leche?
– Solo, pero no quiero causarte molestias.
– Tonterías. Aquí fuera me estoy congelando y a mí también me vendría bien tomar algo caliente. Vamos, entra y no, no tienes que quitarte las botas. Este suelo aguanta bien la nieve.
