Andy estaba tan cerca que hubiera podido tocarla, pero no pretendía hacerlo. Fue su mano la que se levantó como con vida propia para rozar su mejilla. Era una mujer que emanaba integridad y honestidad, y él sólo quería comunicarle tranquilidad y comprensión, algo que las palabras no parecían estar consiguiendo; pero tampoco podía negar que algo más había motivado aquel deseo de rozar su mejilla.

Como por ejemplo, el ritmo de sus caderas al andar, su sentido del humor, el hecho de que llamase a un ciervo Horacio, aquel aroma elusivo tan suyo y cómo sus hormonas se despertaban estando junto a ella, algo que hacía años que no le ocurría. No es que le faltase compañía femenina…, es más, de hecho todas las casamenteras de la ciudad habían intentado encontrarle pareja desde el divorcio, pero él no era hombre que se dejase llevar por impulsos. Por otro lado, era ya demasiado mayor como para que una cara bonita le hiciera perder la cabeza, y la clase de atracción verdadera necesitaba pasar unas cuantas pruebas antes de arriesgarse a un nuevo fracaso y al dolor que ello traía consigo.

De modo que era demasiado pronto para pensar en tocarla; y tremendamente temprano para pensar en besarla.

Pero una vez su palma rozó la mejilla, ella levantó la cara. Había algo en ella, una expresión que le contrajo el corazón, una conexión en su mirada que lo empujó a acariciarla con el pulgar. Ella no se movió, y se limitó a mirarlo recelosa, pero sus labios estaban ya entreabiertos para cuando los rozó con los suyos.

Suave. Sus labios eran suaves, cálidos y temblorosos. En las dos ocasiones en que se habían encontrado, ella se había empeñado en hacerle creer que era una mujer capaz de cuidar de sí misma, y él así lo había creído. Quizás fuera esa la razón de que se hubiera sentido atraído tan rápidamente. Pero no era así como besaba.



18 из 124