
Sus labios se rozaron, se reconocieron, y fue como descubrir una pradera de flores silvestres en una ventisca. Mágico. Un momento fuera de la realidad que parecía carecer de sentido.
Ella apoyó la mano en su cazadora de cuero, ni reteniéndolo ni apartándolo; sólo descansando allí. Y aquel beso que parecía ser un conjuro, el encanto de su aroma, de su textura, de la forma en que su boca parecía encajar con él, casi como si le perteneciese, como si hubiera estado echándola de menos todo aquel tiempo sin saberlo.
Al final, se separó y, al final, ella abrió los ojos, y ambos se miraron con la misma sorpresa que lo harían dos adolescentes. Y, al final, ambos tuvieron que sonreír.
– No he venido por esto -dijo él.
– Ni yo lo he pensado.
– Sólo quería asegurarme de que estabas bien. Esa es la verdad.
– Te creo, Andy.
– No sé… esta clase de química es algo que viene de pronto, sin saber de dónde, y es algo en lo que no se puede confiar y que sólo sirve para crear problemas.
– Estoy completamente de acuerdo.
– Ah -se subió la cremallera de la cazadora y sonrió-. En fin…, no te quepa duda, volveré.
Capítulo 3
Maggie terminó de fregar los platos y limpió la encimera, pero todo ello sin dejar de mirar asiduamente por la ventana de la cocina. Durante el mes de diciembre, el sol desaparecía muy pronto por la tarde, y tras dos días de vendavales y nevadas continuas, la nieve había adquirido formas místicas que parecían esculturas de hielo a la luz de la luna. Pero delante de su casa no había ningún coche, a excepción del de su hermana. Andy no tenía que llegar hasta una hora más tarde, así que no tenía por qué empezar a mirar por la ventana tan pronto.
Se secó las manos con el trapo, sorprendida y exasperada al mismo tiempo por lo nerviosa que estaba. Los hombres nunca la habían puesto nerviosa. De hecho, pocas cosas en la vida tenían la capacidad de intimidarla… a parte de las inquietantes pesadillas que seguían poblando sus sueños desde el accidente. Pero ese problema no tenía nada que ver con Andy.
