No solía mostrarle su casa a desconocidos, y mucho menos su dormitorio, pero es que había sentido algo muy particular las dos veces que había estado con él. La mayoría de hombres decían sentirse a gusto con una mujer fuerte, pero en realidad no era así, sino que buscaban una mujer vulnerable y tradicional, algo que jamás encontrarían en ella. Llevaba demasiado tiempo siendo fuerte e independiente, y no estaba dispuesta a disimular, si un tipo tenía que asustarse por algún rasgo de su carácter, cuanto antes mejor, antes de que alguno de los dos hubiese puesto demasiados sentimientos en juego.

Pero Andy no se había asustado. Al menos por nada de lo que había hecho hasta aquel momento. Y para ella, era toda una sorpresa, ya que los hombres siempre tenían algo que decir sobre que una mujer viviese sola en un lugar como aquel. Siempre se preocupaban por su seguridad.

Pero para ella la segundad era algo relativo. Era capaz de atravesar una montaña en medio de una ventisca de nieve, o de enfrentarse a un ciervo herido que se pasease por su jardín. La palabra peligro no aparecía en su vocabulario…, hasta conocer a Andy. Algo en aquellos ojos oscuros y llenos de sensualidad olía a peligro.

Y eso era nuevo e inquietante para ella.

– ¡Maggie, por Dios! ¡Te he dicho que fregaba yo! No puedo marcharme ni un minuto.

Maggie se dio la vuelta al ver a su hermana Joanna salir del cuarto de baño.

– No pasa nada. Las dos solas apenas hemos manchado.

– Pero tú has hecho la cena y a mí me tocaba…

– La próxima vez -cortó, aunque sabía bien que esa vez nunca llegaría. Mientras crecían, ambas se peleaban como el perro y el gato por cosas como aquella, pero Joanna siempre se las arreglaba para desaparecer cuando llegaba el momento de fregar o de hacer las cosas de la casa-. He preparado un té. ¿Te apetece?



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