Eso la hizo sonreír.

– ¿Crees que debería confiar en un tipo al que no conozco de nada?

– Hombre, no. Sólo en mí. Créeme, soy tan digno de confianza como un boy scout

– Ya. Bueno, la verdad es, sheriff, que… -Maggie dudó-. ¿Es sheriff como debo llamarte? No he tenido que tratar con los agentes de la ley con demasiada frecuencia y no sé cómo…

– Andy. Llámame Andy.

Maggie intentó incorporarse y una docena de dolores la asaltaron, al tiempo que un verdadero tropel de carpinteros empezaban a martillearle la cabeza.

– Bueno, lo que quería decir… Andy… es que choqué contra una valla cuando tenía dieciséis años y que eso es lo más cerca que he estado en toda mi vida de tener un verdadero incidente. Lo de no recordar me está volviendo loca, y quiero irme a casa. Estoy convencida de que si estuviera allí, lo recordaría todo.

Pero, durante sus últimas palabras, él había estado negando con la cabeza

– Según me han dicho, no hay posibilidad de que te dejen salir de aquí hasta mañana por la mañana.

– Sí, lo sé. Ya he hablado con los médicos, pero quizás, si tuviera a la ley de mi parte…

– No tengo ningún inconveniente en utilizar el peso de la ley, pero de su parte. Confía en mí: Gert te cuidará mejor que si fuese tu madre. La conozco bien y te colmará de mimos.

– Es que ese es el problema. No me gusta nada que la gente me atosigue con mimos.

Volvió a sonreír.

– Sí, ya. Es la impresión que me había dado.

– Sé cuidar de mí misma.

– Seguro que sí, pero no esta noche. Además, estoy seguro de que una noche de mimos no va a matarte.

– Quién sabe.

Otra sonrisa…, que desde luego no era la respuesta más común de los hombres frente a la susceptibilidad de Maggie en aquel tema.

– No sé cómo es que no te he conocido antes. En una ciudad tan pequeña como White Branch, sueles conocer a todo el mundo.



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