
– Tranquilízate -dijo, acercándose más a ella-. Un conductor ebrio invadió tu carril. Fue una colisión frontal. Era imposible evitarlo.
– ¿Estás seguro?
– Yo no lo vi, pero llegué unos diez minutos después de que ocurriera. Fue en Main Street, así que hubo cuatro testigos. Todos me relataron la misma historia, que comprobé con las huellas de los neumáticos, el estado de los coches… y todo apuntaba en la misma dirección. De hecho, el haber venido aquí es sólo para cumplimentar el informe, porque en cuanto al accidente, no hay ninguna duda: tú no fuiste quien lo provocó.
Maggie lo miró a los ojos. La enfermera y el médico podían haberle mentido con la mejor de las intenciones, pero al ver la determinación de la mirada de Andy, de su mirada y de su expresión, tuvo la impresión de que estaba frente a un hombre que nunca había disfrazado la verdad. Y lo creyó. El único problema que quedaba por resolver era, dado que ella no era quien había provocado el accidente, ¿por qué se sentía culpable?
– El hombre que se estrelló contra mi coche… ¿está bien?
– No lo estará, una vez haya presentado los cargos contra él y haya visto al juez Farley -dijo Andy con sequedad-. Pero en cuanto a las consecuencias físicas, está mucho menos malherido que tú. No has preguntado por tu coche, pero he de decírtelo, que es siniestro total. No es que yo sea mecánico, pero el morro quedó como un acordeón. De hecho, cuando lo vi por primera vez, no creí que pudiésemos sacarte de ahí en una sola pieza.
– El coche me importa un comino -replicó-. Bueno, no exactamente, claro. Lo que quiero decir es que está asegurado, y que no me importa comparado con el daño físico de otra persona. Entonces, ¿todo ha salido bien de verdad? ¿Nadie más ha resultado herido? -Tú no eres responsable de nada, y nadie más resultó herido -ella lo miró fijamente y él se rascó la barbilla-. Aún te cuesta trabajo creerlo, ¿eh? ¿Es que nadie te ha dicho nunca que se puede confiar en un agente de la ley?
