
El encanto de aquel hombre empezaba a surtir efecto sobre Heidi.
– Gracias otra vez por permitirme participar. Iré a pagar la matrícula después de clase.
– Bien -él se acercó a la mesa del profesor y le entregó la hoja de asistencia-. ¿Por qué no anota aquí su nombre? Asegúrese de poner también su número de teléfono, por si tuviera que ponerme en contacto con usted. No creo que me surja ningún imprevisto, pero nunca se sabe.
Heidi tomó la hoja. Al lado de cada uno de los nombres de los demás alumnos había un número de teléfono. Era ridículo, pero por un instante Heidi había pensado que el detective Poletti quería el suyo por razones personales.
Gideon se dio la vuelta y se puso a escribir en la pizarra. Era importante que se mantuviera ocupado hasta que llegaran el resto de los alumnos. Si no, caería en la tentación de contemplar a la maestra sentada a solo unos pasos de él.
Solo había una palabra para describirla: impresionante. Aquella mujer era impresionante.
Baja y curvilínea, tenía una cabellera roja y brillante que le caía sobre los hombros, y unos ojos azules que se iluminaban o ensombrecían dependiendo de sus emociones. Gideon pensó que todos sus alumnos debían de estar enamorados de ella. Era como el adorno más reluciente del árbol de Navidad, aquel que atraía las miradas una y otra vez.
Solo habían cruzado unas pocas palabras, pero Gideon ya acusaba el impacto de su personalidad y se sentía extrañamente excitado. ¿Cuántos años hacía que no sentía una conexión tan inmediata al conocer a una mujer?
Su aula era tan impresionante como ella. A Gideon le gustaba la idea de que aquel fuera su ámbito. Aquello le decía muchas cosas sobre ella. Artefactos y fotografías de todos los continentes colgaban de las paredes, dispuestos con el buen gusto de un decorador.
El mobiliario tampoco era el típico de un colegio. Heidi había hecho llevar a su aula una enorme mesa de caoba, además de una pequeña lámpara de escritorio de bronce, una cómoda silla de cuero acolchado y una alfombra oriental en tonos azules y verdes.
