– Gracias -musitó ella-. Muchísimas gracias. Por favor, no crea que tengo algo personal contra usted por cómo he reaccionado. Es que esperaba que el señor Mcfarlane me admitiera en el curso. Y cuando me dijo que no iba a venir, pensé que…

– No se preocupe -le aseguró él antes de que pudiera acabar-. Bienvenida a la clase.

Ella le estrechó la mano que le tendía, agradecida. Al sentir la fortaleza de su mano, notó que una especie de tibieza se extendía por su cuerpo. Se preguntó si él habría sentido lo mismo.

Al separarse de ella, Gideon dijo:

– Siéntese en el semicírculo. Parece que el profesor que da clase aquí durante el día se tomó la molestia de ordenar la clase para nosotros. Tendré que buscar un modo de darle las gracias, sea quien sea.

– Ya lo ha hecho -contesto ella con voz trémula.

Él parpadeo, asombrado.

– ¿Esta es su aula?

– En efecto. Así es como me enteré de lo del curso de criminología. El señor Mcfarlane dejó algo escrito en la pizarra el miércoles por la noche.

Gideon esbozó una sonrisa.

– ¿Qué ponía?

– Regla número uno: nunca dar nada por sentado.

– Eso es muy propio de Daniel.

– ¿Se conocen ustedes bien?

– Fue mi jefe hasta que se jubiló, el año pasado.

Ella no conseguía apartar los ojos de su intensa mirada.

– Si lo eligió a usted para que lo sustituyera, esta clase debe de ser muy afortunada.

«Yo soy muy afortunada», pensó. «Tal vez tú puedas ayudarme».

– No la entiendo.

– Teniendo en cuenta su reputación, estoy segura de que el señor Mcfarlane no le habría pedido que lo reemplazara si no fuera usted el mejor.

– Eso sería muy halagüeño, de ser cierto.



18 из 208