– Ya me conoces, Dana. Me niego a quedarme de brazos cruzados. Tiene que haber una forma de reabrir tu caso y de que se celebre un nuevo juicio. Alguien mató a tu hermana. Quienquiera que cometiera el crimen está ahí fuera, andando libremente, mientras que tú… -se calló, temiendo deshacerse en lágrimas delante de Dana. Tomando aire para calmarse, añadió-. No sé cómo voy a hacerlo, pero encontraré un modo de sacarte de aquí, cueste lo que cueste.

La dulce sonrisa de Dana le hizo añicos el corazón.

– Te quiero por ser tan leal. Pero en ocasiones hay que saber rendirse, y esta es una de ellas.

– En cuanto salga de aquí, llamaré a tu abogado y le preguntaré qué tengo que hacer exactamente para que el tribunal revise tu caso.

Su amiga sacudió la cabeza tristemente.

– El señor Cobb ha trabajado sin descanso en mi defensa. Si dice que se acabó, es que se acabó.

– Esa es solo su opinión, Dana. Nadie es infalible. Estoy pensando en contratar a otro abogado y empezar de cero. El asesor jurídico de mi padre conoce a un abogado de Los Ángeles que tiene tan buena reputación como el señor Cobb. Si tu abogado no puede ayudarnos, llamaré al otro esta noche, en cuanto llegue a casa.

Dana frunció el ceño.

– No se te ocurra gastar el dinero de tu familia para intentar ayudarme. Lo único que conseguirás será desperdiciarlo. Y no podría soportarlo.

– Mis padres también te quieren, Dana. Dicen que quieren contribuir porque creen en tu inocencia. ¡Te conocen de toda la vida! -el bello rostro de Dana se contrajo, y rompió a llorar-. Voy a sacarte de aquí. Mientras estés tras esas rejas, no podré ser feliz.

– No digas eso. Tú tienes que seguir con tu vida.

– ¿Qué vida sería esa? ¡Somos como hermanas! Cuando tú sufres, yo también sufro. Tú me apoyarías en cualquier circunstancia, así que dejemos esta discusión. Esta noche, cuando te vayas a dormir, piensa que ya habré hecho unas cuantas llamadas para hacer que se reabra el proceso.



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