– ¡No debes arruinar tu vida por mí! -gritó Dana, escondiendo la cara entre las manos.

– Eso debo decidirlo yo. Y cuanto antes me vaya de aquí, antes saldrás en libertad. Así que te dejo por ahora. La próxima vez que venga a verte, te traeré buenas noticias. Aguanta, Dana. Aguanta.

Colgó el teléfono y se levantó. Dana hizo lo mismo. Juntaron las manos contra el cristal. La cara marchita de su amiga fue lo último que vio Heidi antes de darse la vuelta y salir del edificio; lo último que oyó fueron los espantosos sonidos de las puertas que se cerraban tras ella.

Hasta cierto punto, Dana siempre había sufrido claustrofobia. Heidi podía imaginarse cuánto se había agudizado su dolencia desde que estaba allí. Sin embargo, el médico de la prisión se negaba a darle medicación. Otra injusticia que había que corregir.

En cuanto se metió en su coche, Heidi sacó el teléfono móvil y llamó a sus padres. Por suerte, estaban en casa. Les pidió que llamaran a los Turner, averiguaran el número del señor Cobb y volvieran a llamarla. A medio camino de San Diego la llamó su padre para darle el número. Telefoneó inmediatamente, y no le extrañó toparse con el buzón de voz del abogado. Un domingo a última hora de la tarde, podía estar en cualquier parte.

– Señor Cobb, soy Heidi Ellis, la amiga de Dana. Acabo de ir a verla a la cárcel. Necesita medicación para la claustrofobia. Sin duda podrá hacerse algo al respecto. Pero, lo que es más importante, debemos sacarla de allí -le tembló la voz-. Ese no es sitio para ella. Si sigue allí, no durará mucho. Quiero que se reabra el caso. Le agradecería muchísimo que me llamara a casa para decirme qué hay que hacer para conseguirlo. Seré franca con usted. Si piensa que no puede hacer nada más por ella, dígamelo, por favor, para que mi familia y yo busquemos otro abogado. Le ruego que me llame en cuanto pueda. No importa que sea tarde. Muchísimas gracias.



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