Pero, a la tercera mirada, Brunetti tuvo la impresión de que aquella mujer iba disfrazada y lo que el disfraz ocultaba era su belleza. Tenía los ojos oscuros y muy separados, con unas pestañas largas y espesas que no necesitaban máscara, los labios pálidos pero carnosos y suaves, la nariz recta, fina y ligeramente arqueada: una nariz noble -no encontró mejor palabra- y, bajo el desastroso corte de pelo, una frente ancha y tersa. Pero tampoco este reconocimiento de su belleza hacía más fácil la identificación.

Ella lo sorprendió al decirle:

– No me reconoce, ¿verdad, comisario? -Hasta la voz era familiar, pero también estaba fuera de lugar. Él trataba de recordar, pero lo único de lo que podía estar seguro era que no tenía nada que ver con la questura ni con su trabajo.

– No, signorina, lo siento, pero sé que nos conocemos y que éste no es el sitio en el que podía esperar encontrarla. -La miraba con una sonrisa que pedía comprensión para este fallo tan humano.

– Yo no esperaría que la mayoría de las personas a las que usted conoce tuvieran por qué venir a la questura -dijo ella, y sonrió para dar a entender que pretendía hablar con desenfado.

– No; son pocos los amigos que vienen voluntariamente y, hasta este momento, ninguno ha tenido que venir contra su voluntad. -Él sonrió a su vez, para indicar que también podía bromear sobre las cosas de la policía, y agregó-: Afortunadamente.

– Yo nunca he tenido tratos con la policía -dijo la mujer, mirando otra vez en derredor, como si temiera que pudiera ocurrirle algo malo ahora que los tenía.

– Como la mayoría de la gente -apuntó Brunetti.

– Claro, imagino que no -dijo ella mirándose las manos en el regazo. -Y entonces, sin preámbulos, dijo-: Yo era inmaculada.

– ¿Cómo dice? -Brunetti estaba desconcertado y empezaba a sospechar que su joven visitante pudiera estar seriamente trastornada.



4 из 224