– Comisario, aquí hay alguien que desea hablar con usted -dijo.

– ¿Sí? -preguntó él, volviendo a mirar a la otra mujer, sin gran interés. Pero entonces observó la curva de su mejilla derecha y, cuando ella volvió la cabeza para mirar en derredor, la fina línea del mentón y el cuello, y repitió, más interesado-: ¿Sí?

Al percibir el tono, la mujer volvió la cara hacia él con una media sonrisa que le resultó extrañamente familiar, aunque estaba seguro de no haber visto nunca a su visitante. Pensó que tal vez fuera hija de algún amigo que venía a pedirle ayuda y que quizá lo que reconocía no era la cara sino una fisonomía familiar.

– ¿Sí, signorina?-dijo levantándose y señalando la silla que estaba al otro lado de su mesa. Entonces la mujer miró a la signorina Elettra, que le dedicó la sonrisa que reservaba para las personas que se ponían nerviosas al entrar en la questura y, diciendo que debía volver a su trabajo, salió del despacho.

La mujer rodeó la silla y se sentó tirándose de la falda hacia un lado. Aunque delgada, se movía sin gracia, como si toda la vida hubiera usado zapatos planos.

Brunetti sabía por experiencia que era preferible no decir nada y esperar con expresión de sereno interés: indefectiblemente, el silencio hacía hablar a la persona que tenía delante. Mientras esperaba, miró a la cara a la mujer, desvió la mirada y volvió a mirarla, tratando de descubrir por qué le resultaba tan familiar. Buscaba en sus facciones algún parecido con personas conocidas, quizá el padre o la madre, o tal vez era dependienta de algún comercio y, lejos de su mostrador, no conseguía identificarla. Si trabajaba en una tienda -se dijo involuntariamente-, no sería de modas, desde luego: el traje era un engendro rectilíneo de un estilo desaparecido hacía diez años, y el peinado, simplemente, pelo cortado sin arte ni gracia, en torno a una cara limpia de maquillaje.



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