
Utilizando la pequeña llave que llevaba siempre al cuello, abrió el candado de la caja de metal que tenía escondida debajo de la mesa. Dentro estaban las llaves de todos los apartamentos del edificio. Cogió los juegos del 5B, del 3A y del 8A. Recogió sus cosas, dejó todo en orden, y cerró la garita.
De regreso en su estudio, en el sótano, volvió a ducharse. Una ducha más rápida que la de la mañana, pero necesaria. Aún quedaban muchas cosas por hacer.
En calzoncillos delante del espejo, se pasó un desodorante inodoro por cada centímetro de su piel. Sus ojos volvían a animarse, como después del intento de suicido de la mañana.
Cogió un par de preservativos y los metió en el bolsillo del pantalón.
Abrió la nevera, sacó un envase con comida precocinada y lo metió en la mochila, junto con un pantalón de pijama, una camiseta limpia y unos calzoncillos.
Abandonó su estudio a las 19.10, con su mochila y una caja de herramientas.
La primera visita fue al 5B, el piso recién reformado. La ausencia de los muebles del salón y el parquet nuevo -«de roble macizo tricapa», la voz de la propietaria del apartamento resonó en su cabeza-, daban una sensación de amplitud y distinción. Fuera empezaba a caer algún copo de nieve. Cillian se quitó los zapatos para no rayar el parquet y fue a cerrar las ventanas.
Entró en el dormitorio, amplio y vacío. Y no pudo resistir la tentación de abrir el armario. Más que la interminable serie de prendas de alta costura bajo fundas de marca, lo que atrajo su atención fue una caja que había en el suelo y en la que, al parecer, la mujer había guardado el contenido de su mesita de noche. Le animó descubrir que, junto a un despertador, medicinas de primer auxilio y una funda de gafas de lectura de Prada, había un tubito de lubricante. La vecina estaba divorciada, pero eso no significaba que no tuviera relaciones sexuales.
