– Esta noche tengo un compromiso -replicó inmediatamente Cillian; sólo cuando acabó la frase se dio cuenta de lo que aquello podía provocar. Y así fue.

La señora Norman abrió los ojos como platos.

– Oooh… No me digas que te has echado novia… ¿En serio, Cillian? ¿Me la presentarás?

– De novia nada, señora Norman. Son unos amigos de la universidad.

Pero ya era demasiado tarde, las antenas de aquella cotilla profesional se habían activado.

– ¿Seguro que no es una chica? -insistió.

– Seguro, señora Norman. Si tuviera novia, usted sería la primera en saberlo -replicó Cillian intentando ser lo más tajante posible.

Pero la señora Norman no era tan fácil de disuadir.

– No te creo -sentenció-. Se te ve en los ojos. Se trata de una chica. -A pesar de todo, la vieja tenía razón, pensó Cillian, pero ni de lejos sospecharía quién era la chica en cuestión-. Pero no me enfado. Que te vaya bonito con tu amor secreto… -Le envió un beso con la mano y se fue hacia los ascensores-. Tengo que irme. Necesito como mínimo dos horas para arreglar este cuerpo decrépito.

– Adiós, señora Norman.

La tarde transcurrió monótona, como cada tarde, hasta que llegó la asistenta latina. Cillian estaba escuchando música de su reproductor, con los cascos puestos, cuando la vio entrar, con la cara descompuesta y la mirada perdida en el suelo. Había llorado. Después de recorrer todo el vestíbulo, fue hasta Cillian y le preguntó algo. Cillian no apagó el reproductor, así que no oyó ninguna de las palabras de la chica, pero negó con la cabeza y puso cara de circunstancias. La asistenta se llevó las manos a las mejillas y salió de nuevo a la calle.

Por fin llegaron las seis de la tarde. Su trabajo acababa entonces, cuando aparecían los empleados de la limpieza que durante un par de horas tomarían el mando del edificio y sacarían lustre a todo.



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