
Encima de la mesa, la señora Norman había dejado un pastel con una tarjeta en la que ponía «Para nuestro querido amigo Cillian». Seguían su nombre y el de las tres chicas. Cillian olisqueó sin demasiado interés el pudin, mientras las tres perras correteaban y ladraban a su alrededor presintiendo ya su cena.
Sabía perfectamente dónde estaba cada cosa. Debajo del fregadero, la comida de los animales. Sacó sólo la bolsa azul. En una esquina, al lado de la mesa, los tres cuencos con el nombre de cada perra.
Repartió la comida sin poner demasiada atención en cuanto a las medidas. Cada perra recibió una cantidad testimonial de pienso, lo suficiente para ensuciar los cuencos. Unos segundos después, antes de que Cillian hubiera vuelto a poner la bolsa debajo del fregadero, ya se habían zampado el pienso.
Acabada su tarea, se dirigía hacia la puerta, dispuesto a marcharse y completar su ruta por el edificio, cuando se cruzó con la mirada suplicante de las mascotas. Las criaturas seguían hambrientas. Reconsideró su plan.
Cogió el pudin y lo repartió en los tres cuencos. Las perras se abalanzaron sobre la comida agradecidas. Esperó hasta que acabaron, para cerciorarse de que no quedaban rastros del dulce en los cuencos, y entonces dejó una nota de agradecimiento para la anciana y sus cánidos por ese detalle tan amable.
Quedaba una última visita antes del piso de Clara. Los perros le habían retrasado en su programa, pero Cillian no había faltado ninguna tarde a casa de los Lorenzo, fines de semana incluidos, y no quería empezar a fallar ahora.
Para entrar en el 6C no necesitaba llaves porque siempre había alguien en casa. Le abrió el viejo signor Giovanni, un hombre pequeñito y amable.
– Pasa, Cillian. ¿Qué te podemos ofrecer?
La señora estaba en la cocina, preparando la cena. Daba igual la hora que fuera, ella siempre estaba en la cocina.
