
– Hola, Cillian -le gritó-. ¿Te apetece un café?
– ¿Una grappa? -propuso el marido.
Como siempre, Cillian rechazó cortésmente todos los ofrecimientos. Había ido a lo que había ido.
– Hoy no tengo mucho tiempo -explicó-. ¿Puedo pasar ya?
– No sabes lo que te pierdes -repuso el signor Giovanni, refiriéndose al licor, mientras le acompañaba a la habitación de Alessandro, el único de los tres hijos de la pareja que aún vivía con ellos.
Al más joven de los Lorenzo no le quedaba otra opción. Después de una pequeña pero fatal distracción durante una noche de práctica de parkour urbano, se había despertado en el hospital Mount Sinai sin sentir las piernas ni los brazos, y sin poder mover la boca. De hecho, tampoco podía cerrar el ojo izquierdo, pero de eso se dio cuenta más adelante. La caída, de la que no tenía ningún recuerdo, había resultado en la fractura de la pelvis y de los dos huesos femorales, y en un traumatismo craneoencefálico que, a su vez, había provocado la parálisis total de la cara, los brazos y las piernas.
El último recuerdo que tenía eran los gritos de ánimo de sus amigos para que saltara de una azotea a otra entre dos edificios del East Side. No se trataba de una gamberrada. Era filosofía. Alessandro era un treceur, un practicante concienzudo del parkour, esa práctica que conjugaba la disciplina deportiva con una filosofía de la vida que abogaba por el movimiento libre y constante para desplazarse y superar obstáculos -murallas, vallas, fosos, tejados o balcones- de la forma más rápida y plástica posible. Lo había hecho centenares de veces: con sus amigos, con su novia, solo. Con el lema de «ser y durar» había ido siempre hacia delante, sin que nada pudiera detenerle.
Pero ahora Alessandro estaba más que detenido. En una cama, reducido a poco más que un esqueleto humano. Sus amigos, por el contrario, seguían desplazándose y superando obstáculos. Ya no iban a visitarle.
