Dejó caer la mochila hacia atrás, en el suelo de la azotea. Con eso el problema de la ropa sucia quedaba solucionado.

Siguió: «Razones para saltar». Éstas solían llegar en tropel: «Mi madre merece sufrir, el trabajo es sólo un trabajo, con Clara no estoy progresando, hace demasiado frío».

Podría haber seguido, pero ya era suficiente. La balanza se inclinaba claramente a un lado.

Soltó el poste del tanque del agua y abrió los brazos. Estaba decidido. Extendió la pierna derecha hacia delante, hacia el vacío. Se despidió de Central Park, del Empire State, de la azotea, de la nieve. Dio el gran paso.

El cuerpo se inclinó y una imagen se visualizó en su mente: el rostro sonriente de Clara, la chica pelirroja a cuyo lado se había despertado.

Cambio repentino de planes. Intentó recobrar el equilibrio. Echó el brazo derecho hacia atrás, para agarrarse de nuevo al poste metálico del tanque del agua, pero falló. Su cuerpo ya estaba demasiado inclinado hacia delante. La segunda pierna perdió apoyo. La caída hacia la acera empezó a la vez que lograba torcer el cuerpo y encararlo al edificio. Justo a tiempo para no fallar la segunda oportunidad: consiguió agarrarse a los barrotes de hierro de la barandilla. Su cuerpo frenó de golpe el recién empezado descenso.

Se quedó con las piernas suspendidas en el vacío. Agarrado a la vida sólo por las manos medio paralizadas por el frío. El rostro sonriente de Clara volvió a aparecer sin invitación delante de sus ojos. Halló la fuerza necesaria para levantar una pierna y apoyar el pie en la pequeña cornisa que rodeaba la terraza. Debía flexionar los brazos y alzar el cuerpo. Rebuscó en su memoria y atrapó un recuerdo: un momento en que la chica había sido muy feliz. Apretó los dientes, convirtió la rabia en energía. Hizo el último esfuerzo para darse impulso y volver al otro lado.



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