El ascensor llegó a la duodécima y última planta. Le quedaba un tramo de escalera hasta su meta.

Abrió la puerta metálica y el aire gélido del invierno le despertó de golpe con un tremendo latigazo. Cillian se encogió y un espasmo recorrió su cuerpo. Allí fuera la temperatura estaba varios grados bajo cero. Un ligerísimo manto de nieve se había depositado sobre el suelo.

Caminó rápido por la azotea, intentando acortar el suplicio del contacto de sus pies desnudos con el suelo helado. Resbaló un par de veces antes de llegar a la barandilla.

De las chimeneas del edificio salían espesas volutas de humo.

Se agarró a uno de los postes metálicos que sostenían el tanque del agua y se alzó, sin dudarlo, sobre el borde. En precario equilibrio, se asomó al vacío. La calle, sesenta metros más abajo, estaba desierta. Ese pequeño trozo de la ciudad que nunca duerme aún estaba dormido. En la acera cubierta de nieve resaltaba un coche rojo aparcado exactamente debajo de Cillian.

Se quedó embobado mirando lo que le rodeaba. La enorme mancha oscura de Central Park dos calles más allá, en dirección oeste. A su izquierda, las luces del centro, perennemente encendidas. Las siluetas de los rascacielos más emblemáticos de la ciudad recortadas contra el cielo. La típica postal para turistas, pero siempre conseguía captar su atención.

Un golpe de viento hizo que perdiera el equilibrio y le devolvió a la realidad. Era el momento. No tenía sentido esperar más. Las manos y los pies, congelados, ya no ofrecían ninguna seguridad. Hacía demasiado frío incluso para alguien que iba a morir.

Empezó: «Razones para volver a la cama». Las primeras llegaron sin esfuerzo: «Hace frío, tengo un buen trabajo…». Le costó un poco dar con la tercera -siempre tenían que ser como mínimo tres-, «acabo de empezar con Clara…», y poco después incluso encontró una cuarta, «a mi madre le dará vergüenza reconocer mi cadáver, aplastado en la acera, en pijama, con la mochila de la colada…».



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