El Secretario de Defensa era frío y enjuto, con un cuerpo filoso como la hoja de un sable. De facciones agudas, sus ojos eran penetrantes y metálicos. Cuando no estaba presente lo llamaban El Halcón. Este sobrenombre se refería tanto a su aspecto como a sus actitudes. Secretamente, se sentía complacido por la comparación.

El Presidente lo miró con sorpresa.

—¿No está en la agenda? ¿Y por qué no?

—La información llegó hace escasamente una media hora. No hubo tiempo…

El Presidente, mirando a los demás alrededor de la mesa, golpeteó la única hoja de papel que estaba delante de él.

—Media hora debería ser tiempo suficiente para revisar la agenda. Después de todo, para eso son las agendas.

El Secretario de Defensa asintió brevemente con la cabeza y luego dijo:

—Sí, lo sé. Pero no hubo tiempo. Los rusos han inutilizado tres de nuestros satélites ABM, en lo que va del día de hoy, es decir desde medianoche, hora universal, o sea las siete p.m., hora estándar…

—No nos confunda con las diferentes horas. —El Presidente alzó su agradable voz de barítono—. ¿Cuál ha sido el resultado de la semana pasada?

—Durante los últimos siete días —respondió el Secretario de Defensa, buscando entre los papeles que tenía delante—, los rojos han eliminado,… sí, aquí está, han inutilizado siete de nuestros satélites ABM, y nosotros hemos acabado con cuatro de ellos.

El Presidente se encogió de hombros.

—No está mal. ¿Hay heridos?

—No. No hubo muertos ni heridos desde que aquel capitán estrelló su nave espacial contra uno de sus satélites. Y, aparentemente, aquello fue accidente.

Un general de cuatro estrellas que vestía el uniforme azul de la Fuerza Aérea asintió.

—Hemos hecho una detallada investigación. No hubo posibilidad de acción enemiga en ese caso, salvo que el satélite fuera algún tipo de trampa.



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