Todos tan tremendamente jóvenes, pensó. Casi niños.

Pero cerrando el pequeño grupo venía una mujer, no una muchacha. Alta, delgada, de pelo corto y oscuro y con una buena figura debajo de su traje enterizo gris verdoso.

—¡Un adulto! —se oyó decir Kinsman a sí mismo.

Ella abrió sus oscuros ojos como un relámpago. Eran marrones, grandes y sobrecogedores. Sonrió y respondió:

—Yo soy la madre de los cachorros.

Kinsman se quedó inmóvil mientras ella pasó junto a él, dando saltos. Admiró el modo en que ella llevaba su traje mientras trataba de caminar con dignidad. Pasarían unos cuantos días antes de que se habituara a la escasa gravedad.

Más de seis horas después, precisamente a las 1100 a .m., hora estándar del Este, el Presidente entró lentamente, casi resistiéndose, a la Sala del Gabinete. Los miembros del Consejo de Seguridad, cada uno en su sitio alrededor de la lustrada mesa ovalada, estaban de pie.

—Siéntense, por favor.

El Presidente forzó una sonrisa y movió sus manos hacia ellos. Se sentó a la cabecera de la mesa mientras los demás murmuraban unas dos docenas de versiones de “Buenos días”.

El Secretario de Defensa no sonreía cuando se sentó.

—Señor Presidente, me veo en la obligación de hablar de un asunto que despertó mi atención esta mañana, y por lo tanto no está en la agenda.

El Presidente era negro, aunque no demasiado negro. Su complexión y su estructura facial ósea mostraban una decidida influencia caucasiana, algo que le había costado algunos votos. Su pelo, muy corto, estaba moteado de gris, pero su cuerpo tenía ese aspecto firme y a la vez flexible de la persona que juega al tenis para ejercitarse. Su sonrisa era simpática y tenía el don de hacer sentir cómoda a la gente que estaba con él. Algunos decían que éste era su don, pero quienes así lo hacían eran generalmente considerados intolerantes, sin importar el color que tuvieran.



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