
Se detuvo un momento y con dificultad respiró hondo. Nadie hablaba. Apoyándose pesadamente sobre sus antebrazos y con los ojos brillantes por el dolor o la furia —o quizás por las dos cosas—, retomó su áspero murmullo.
—Cuando uno de los dos lados complete su red ABM podrá dictar con impunidad sus términos a la otra parte. No podemos permitir que los rusos terminen antes que nosotros. ¡No podemos!
El Presidente se movió incómodo en su sillón y apartó la vista del corpulento y furioso hombre que había hablado. El Secretario de Defensa dijo nerviosamente:
—Totalmente correcto. Si los rojos completan su red antes que nosotros, podrán derribar nuestros cohetes tan pronto como los lancemos. Y ya no tendremos ninguna fuerza que oponerles. Estaremos a su merced.
—Esto es una guerra —reafirmó el general Hofstader—. El hecho de que no haya lucha en la superficie y hasta ahora no se hayan producido víctimas, no debe engañarnos y hacernos creer que sea un juego.
—Y tarde o temprano habrá víctimas —dijo el Secretario de Defensa.
—¿Qué? ¿Qué quiere decir? —Por primera vez el Presidente se mostró sobresaltado.
—Si usted observa los gráficos que le di —dijo el de Defensa con cansina paciencia— verá que no podremos continuar así por mucho tiempo. Necesitamos por lo menos ciento cincuenta satélites en órbitas bajas para cubrir a todo el mundo y protegerlo de cualquier ataque de cohetes rusos o chinos.
—Pero… los chinos están arruinados —murmuró el Presidente con la cabeza baja, mientras colocaba los gráficos uno junto al otro sobre la mesa.
—Pero aun así pueden lanzar su puñado de proyectiles sobre nosotros, o sobre los rusos —se oyó decir al forzado murmullo del otro extremo de la mesa—. Ellos pueden hacer que todo entré en ebullición. Y están lo suficientemente desesperados como para hacerlo.
