
El de Defensa retomó la palabra.
—Necesitamos ciento cincuenta satélites en órbita y funcionando. Hasta ahora logramos mantener unos ochenta. Pero en las últimas semanas los rojos han estado inutilizándolos a la misma velocidad que los lanzamos.
—¿Y por qué no reparamos los que están dañados?
—Por razones económicas, señor —respondió el general Hofstader—. Es más barato lanzar un satélite automático producido en masa que enviar una tripulación para repararlos.
El Presidente pestañeo intrigado.
—Pero yo creía que esos láseres eran terriblemente caros…
El general sonrió con los labios apretados.
—Sí, señor, lo son. Pero mantener a un hombre en órbita cuesta aún más. Ya es bastante costoso mantener nuestros centros tripulados de control y comando en órbita, y funcionan en las estaciones espaciales, que ya estaban construidas cuando comenzamos este programa.
—Ya veo…
Pero el Presidente movió la cabeza como si realmente no entendiera, o no creyera necesariamente en todo lo que se le estaba diciendo.
—Por otra parte —continuó el de Defensa inexorablemente—, el número de lanzamientos rusos va en aumento. Eso aparece en el gráfico central, ahí. En este momento ellos tienen treinta y cinco satélites ABM funcionando y en órbita. Hace cuatro semanas sólo tenían treinta, aun cuando nosotros encontramos y destruimos once satélites de ellos en el mismo período de tiempo. Salvo que tomemos algunas medidas al respecto, los rusos completarán su red en un año más, un año y medio como máximo. Y nosotros aún estaremos lejos de haber alcanzado nuestro objetivo.
—En ese caso, ellos habrán triunfado —dijo el general.
—Y estarán aquí, dictándonos los términos —murmuró el hombre voluminoso al otro extremo de la mesa.
El Presidente se pasó la mano por la nariz.
