Tres de las paredes de la oficina estaban cubiertas por pantallas. Una de ellas mostraba la Tierra tal como se la veía desde la cúpula principal de Selene, allá en la superficie. Las otras dos no mostraban nada en ese momento.

Kinsman estaba recostado en el sillón de espuma con un brazo estirado perezosamente por sobre los almohadones del respaldo. En una época había sido flaco, pero ahora comenzaba a engordar. Su pelo oscuro estaba poniéndose gris y lo llevaba mucho más largo de lo que permitían los reglamentos de la Fuerza Aérea. No había insignias de grado en su traje azul enterizo; no eran necesarias. Todo el mundo en esa comunidad del subsuelo lo conocía de vista, hasta los rusos.

Su cara era larga, ligeramente caballuna, sus ojos gris azulados y un poco juntos, una nariz que nunca le había gustado y una sonrisa que aprendió a usar hacía muchos años.

Frente a él, tensamente sentado en los cuatro centímetros de adelante de una de las sillas giratorias, estaba uno de los residentes permanentes de Selene, Ernie Waterman, un ingeniero civil. Alto, anguloso, sombrío. Se parece a Ichabod Crane, pensó Kinsman. Pero le sonrió mientras decía:

—Ernie, no me gusta perseguirlo, pero Selene no puede ser autosuficiente hasta que la planta de agua sea llevada a su total capacidad.

La voz de Waterman sonaba nerviosa, pronta para una discusión:

—¿De modo que es mi culpa? Si pudiéramos hacer traer más equipos de la Tierra …

—Ojalá pudiéramos.

Kinsman fijó la mirada en el creciente azul que brillaba en la pantalla mural detrás del ingeniero.

—Nuestro querido y viejo General Murdock y sus amigos en Washington dicen que no —continuó—. Es demasiado pesado y demasiado caro. En esto estamos solos. Pero no hay ninguna razón para que no podamos construir nuestro propio equipo aquí mismo en los talleres, ¿verdad?

Waterman mostró una sonrisa torcida que más bien parecía una mueca.



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