
—Todavía quedan optimistas. Muy bien. Tenemos algunas materias primas y alguna gente especializada, pero ¿dónde están los seis millones de otras cosas que necesitamos? No tenemos herramientas. No tenemos suministros. A nosotros nos toma cuatro veces más tiempo hacer cualquier cosa porque siempre tenemos que comenzar de cero. No puedo tomar el teléfono y pedir que me envíen el acero inoxidable que necesito. O los cables. O el cobre y el tungsteno. Tenemos que extraerlo y procesarlo nosotros mismos.
—Lo sé —dijo Kinsman.
—De modo que eso toma tiempo. —Waterman subió un poco el tono de su voz—. ¡Entonces no empiece a echarme las culpas a mí! He estado aquí por un año, y en este trabajo sólo seis meses. Se supone que debería estar ya jubilado…
—Vamos, vamos. Cálmese —suavizó Kinsman—. No me refería a usted personalmente. Y sabe bien que usted se sentía menos feliz que una piedra con su jubilación, Ernie. Usted no es hombre para estar sin hacer nada.
Eso lo hizo sonreír. Nada de peleas con la ayuda voluntaria. La larga cara del ingeniero se aflojó ligeramente con una pequeña sonrisa.
—Bueno, ¡bah! quizás estoy un poco nervioso. Pero lo que más me molestó fueron sus muchachos voladores de uniforme azul. Tratando de hacerse los ingenieros con esos estúpidos hornos solares…
—Muy bien, muy bien. Tiene razón. —Kinsman levantó sus manos en un simulacro de rendición—. Yo sé que usted está haciendo lo que corresponde. No debería presionarlo. Pero la planta de agua es nuestra clave para la supervivencia. Necesitamos un excedente de capacidad. Si llegara a ocurrir un accidente y perdemos la que tenemos ahora…, será un largo viaje hasta la Tierra. Demasiado tiempo para esperar un trago de agua.
—¿Y usted cree que no lo sé? Yo hago todos los esfuerzos que puedo, Chet. Sin embargo, sería una gran ayuda si consiguiéramos más equipos de la Tierra.
—Eso es imposible.
Con un deliberado encogimiento de hombros, Waterman dijo:
