Dentro del cubículo había cuatro escritorios agrupados alrededor de una minicomputadora cuyas luces de panel se encendían y apagaban enloquecidamente. Sólo dos de los escritorios estaban ocupados en ese momento. En uno de ellos, Kinsman reconoció a la mujer que había visto allá en la cúpula cuando descendió el cohete. Observaba un mensaje que estaban descifrando, una palabra por vez, en la pantalla visora que había sobre su escritorio.

—No perdieron tiempo para ponerla a trabajar —dijo, mientras se deslizaba en un sillón del escritorio que estaba junto a ella.

La mujer lo miró.

—¡Ah, hola!

No hubo ninguna sonrisa. Se volvió hacia la botonera en su escritorio y apretó un botón que apagó la pantalla visora.

—¿Es el mensaje para el comandante de la base que está siendo descifrado?

La mujer vaciló un instante.

—Es un mensaje secreto —dijo ella, cuidadosamente—. Sólo el personal autorizado puede leerlo.

Kinsman asintió con la cabeza.

—¿Quiere usted decir que sería prudente que el comandante leyera sus propios mensajes antes de mostrárselo a otra gente? —Qué ojos más hermosos tiene, pensó.

Ella sonrió, pero se mantuvo firme.

—Está dirigido al comandante de la base.

—Puede mostrármelo.

Ella comenzó a mover la cabeza en signo negativo, pero se detuvo y dijo:

—Salvo que usted sea al comandante de la base. ¿Es usted…?

Él le sonrió.

—Me pescó. Yo soy Chet Kinsman. ¿Quiere ver mi identificación?

—Creo que sí. ¿Por qué no lleva insignias?

Kinsman metió la mano en uno de los bolsillos superiores de su traje enterizo y sacó una arrugada y gastada tarjeta de plástico.



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