
Una de las pantallas murales se iluminó y mostró la cara de una joven técnica en comunicaciones. Era una de las nuevas muchachas, y era bonita.
—Estamos recibiendo un mensaje importante de Patrick AFB, señor —dijo gravemente la muchacha, impresionada por la seriedad de su trabajo—. El capitán Maddern pensó que usted querría verlo tan pronto como la computadora haya terminado de descifrarlo.
—Bien —dijo Kinsman—. Voy inmediatamente.
Los mensajes con prioridad siempre se entregaban en mano, según el reglamento. Teniendo a los rusos tan cerca era prácticamente imposible prevenir la intercepción de las comunicaciones de radio y teléfono.
Le llevó unos cinco minutos a Kinsman llegar al centro de comunicaciones. El corredor era angosto y de techo bajo, y no demasiado recto. Las paredes eran de áspera roca cortada y recubiertas de una fina película de plástico para hacerlas absolutamente herméticas.
Tengo que hacer terminar o recubrir estas paredes algún día, se dijo. Las luces de arriba eran largos tubos de gas fluorescente, débiles en cuanto a la luz que emanaban, pero tibios por los rayos infrarrojos necesarios para el césped que cubría el suelo.
El centro de comunicaciones era un panel de escritorios, consolas electrónicas y pantallas visoras que ligaban a Selene con las tres grandes estaciones espaciales tripuladas en órbita sincrónica alrededor de la Tierra. A través de las estaciones espaciales, la base lunar podía comunicarse con cualquier lugar del planeta. Los rusos tenían sus propias estaciones espaciales tripuladas, así como un sistema propio de comunicaciones completamente autosuficiente.
Un amplio balcón bordeaba el activo foso de trabajo del centro. Kinsman se acercó al antepecho y miró hacia abajo, al murmullo y las voces que provenían de la gente y las máquinas en el nivel inferior. Pensó: el Inferno del Dante… o quizás el de Marconi.
El balcón estaba también atestado de escritorios con gente trabajando, pero no tanto como el foso. Kinsman caminó siguiendo el círculo del antepecho con una mano en la barra, mientras saludaba a aquellos que reconocía, hasta que llegó al lugar donde se descifraban los mensajes. Éste estaba separado del resto por mamparas de delgado plástico traslúcido.
