
– ¿Todo va bien, señor Glover? -preguntó Antoine a la vez que miraba su reloj.
– Si fuera mejor, sería casi indecente -respondió el viejo librero.
– No debería tardar mucho más.
– A mi edad, los retrasos en una cita inevitable sólo suponen buenas noticias -repuso Glover en un tono forzado.
Un taxi se paró frente a la acera. La puerta de la librería se abrió, y Mathias se lanzó a los brazos de su amigo. Antoine carraspeó y señaló con la mirada al anciano señor que lo esperaba al fondo de la librería, a diez pasos de él.
– Ah, sí, ahora comprendo mejor lo que significa para ti «pequeño» -susurró Mathias a la vez que miraba a su alrededor.
El viejo librero se levantó y le tendió una mano franca a Mathias.
– El señor Popinot, supongo -dijo él en un francés casi perfecto.
– Llámeme Mathias.
– Me hace muy feliz recibirle aquí, señor Popinot. Probablemente, al principio, le costará acostumbrarse al sitio; el lugar puede parecer pequeño, pero el alma de esta librería es inmensa.
– Señor Glover, no me llamo Popinot.
John Glover le tendió el viejo portafolio a Mathias y lo abrió ante él.
– En el bolsillo central encontrará todos los documentos firmados por el notario. Tenga cuidado con el cierre, después de setenta años, es extrañamente caprichoso.
Mathias cogió la carpeta y le dio las gracias a su anfitrión.
– Señor Popinot, ¿puedo pedirle un favor, un favorcillo de nada, que me llenaría de alegría?
– Con gran placer, señor Glover -respondió Mathias dubitativo-, pero permítame insistir, no me llamo Popinot.
– Como usted quiera -repuso el librero en tono condescendiente-. ¿Podría preguntarme si, por alguna remota casualidad, dispongo en mis estantes de un ejemplar de Inimitable Jeeves?
