
– Ni idea; ya sabes cómo es, ha cambiado cuatro veces de horario.
Sentado en la parte trasera de un taxi, con la maleta a sus pies y un paquete bajo el brazo, Mathias no comprendía nada de lo que le decía el chófer. Por educación, le respondía con un sí o con un no tímido, al tiempo que intentaba interpretar su mirada en el retrovisor. Al subir, había escrito la dirección a la que iba en el dorso de su billete de tren, y se había puesto en manos de aquel hombre que, a pesar de un problema de comunicación flagrante y de un volante colocado en el lado erróneo, le parecía, no obstante, de toda confianza.
El sol aparecía al fin por entre las nubes, y sus rayos iluminaban el Támesis, convirtiendo las aguas del río en un largo lazo plateado. Al atravesar el puente de Westminster, Mathias descubrió el contorno de la abadía en la orilla opuesta. En la acera, una joven pegada al parapeto, con un micrófono en la mano, recitaba su texto frente a una cámara.
– Cerca de cuatrocientos mil compatriotas nuestros habrían cruzado La Mancha para venir a instalarse a Inglaterra.
El taxi dejó atrás a la periodista y se adentró en el corazón de la ciudad.
Tras su mostrador, un viejo señor inglés ordenaba algunos papeles en una plegadera de cuero estropeada por el paso del tiempo. Miró a su alrededor e inspiró profundamente antes de volver a su trabajo. Accionó con cuidado el mecanismo de apertura de la caja registradora y escuchó el tintineo delicado de la pequeña campanilla cuando se abrió el carro de monedas.
– Cielos, cómo voy a echar de menos este ruido -dijo.
Pasó la mano por debajo de la antigua máquina y accionó un resorte que liberó de sus raíles el carro de la caja. Lo colocó sobre un taburete que no estaba lejos de él. Se inclinó para coger un librito con tapas rojas y gastadas del fondo del enclave. La novela estaba firmada por P. G. Wodehouse. El viejo señor inglés, que respondía al nombre de John Glover, olisqueó el libro y lo apretó contra él. Se puso a hojearlo con una atención que rayaba en la ternura. Después, lo colocó bien a la vista en el único estante que no estaba envuelto, y volvió detrás del mostrador. Cerró de nuevo su portafolio y se puso a esperar con los brazos cruzados.
