
– He pasado toda mi vida en este lugar -dijo él.
– Lo cuidaré bien, tiene usted mi palabra de honor -respondió Mathias con solemnidad y sinceridad.
El viejo librero se acercó a su oreja.
– Acababa de cumplir veinticinco años y no pude celebrarlos, puesto que mi padre tuvo la lamentable idea de morir el día de mi cumpleaños. Debo confesarle que nunca acabé de entender su sentido del humor. A la mañana siguiente, tuve que hacerme cargo de su librería, que, en la época, era inglesa. El libro que usted tiene en las manos es el primero que vendí. Teníamos dos ejemplares, y conservé éste tras jurarme que no me separaría de él hasta que me jubilara. ¡Cómo he amado mi profesión! Estar rodeado de libros y acompañado todos los días por los personajes que viven en sus páginas… Cuide bien de ellos.
El señor Glover miró por última vez la obra de tapas rojas que Mathias tenía en sus manos y le dijo con una sonrisa en los labios:
– Estoy seguro de que Jeeves velará por usted.
Saludó a Mathias y se fue.
– ¿Qué te ha dicho? -preguntó Antoine.
– Nada -respondió Mathias-. ¿Puedes vigilar la tienda un segundo?
Y antes de que Antoine respondiera, Mathias se precipitó a la calle tras los pasos del señor Glover. Alcanzó al viejo librero al final de Bute Street.
– ¿Qué puedo hacer por usted? -preguntó este último.
– ¿Por qué me habéis llamado Popinot?
Glover miró a Mathias con ternura.
– Debería adoptar el hábito de no salir jamás en esta época sin paraguas. El tiempo no es tan malo como se dice, pero en esta ciudad la lluvia empieza a caer sin avisar.
El señor Glover abrió su paraguas y se alejó.
– Me habría encantado conocerlo, señor Glover. Estoy orgulloso de ser su sucesor -gritó Mathias.
El hombre del paraguas se volvió y sonrió a su interlocutor.
– Si hay algún problema, encontrará en el fondo de la caja registradora el número de teléfono de la casita de Kent donde me voy retirar.
