
La elegante silueta del viejo librero desapareció al volver la esquina. La lluvia empezó a caer. Mathias levantó la mirada y observó el cielo encapotado. Oyó a su espalda los pasos de Antoine.
– ¿Qué querías de él? -preguntó Antoine.
– Nada -respondió Mathias, a la vez que cogía su paraguas.
Mathias volvió a su librería, y Antoine, a su despacho; y los dos amigos se volvieron a encontrar después de comer delante de la escuela.
Sentados al pie del gran árbol que oscurecía la placita, Antoine y Mathias miraban la campana que anunciaría el final de las clases.
– Valentine me ha pedido que recoja a Emily, ella está ocupada en el consulado -dijo Antoine.
– ¿Por qué mi ex mujer llama a mi mejor amigo para pedirle que recoja a mi hija?
– Porque nadie sabía a qué hora llegarías.
– ¿Ella llega tarde a menudo a recoger a Emily a la escuela?
– ¡Te recuerdo que cuando vivíais juntos, no llegabas a casa ningún día antes de las ocho de la tarde!
– ¿Tú eres mi mejor amigo o el suyo?
– Cuando dices cosas como ésa, consigues que dude sobre si es a ti a quien vengo a buscar a la escuela.
Mathias ya no escuchaba a Antoine. Desde el patio de recreo, una niña le brindaba la sonrisa más bella del mundo. Con el corazón saliéndosele del pecho, él se levantó y su rostro se iluminó con la misma sonrisa. Al mirarlos, Antoine se dijo que sólo la naturaleza había podido imaginar una semejanza tan bella.
– ¿De verdad te vas a quedar? -preguntó la niña mientras su padre se la comía a besos.
– ¿Te he mentido alguna vez? -No, pero siempre hay una primera vez. -¿Y tú estás segura de que no mientes sobre tu edad? Antoine y Louis los habían dejado solos. Emily estaba decidida a descubrirle su barrio a su padre. Cuando entraron de la mano en el restaurante de Yvonne, Valentine los esperaba sentada en el mostrador. Mathias se acercó a ella y la besó en la mejilla, mientras Emily se instalaba en la mesa donde solía hacer sus deberes. -¿Estás cansada? -preguntó Mathias, a la vez que se sentaba en un taburete.
