
– También nosotros tenemos más de treinta y cinco años -añadió Mathias.
– ¿Crees que es ella? Tienes razón, se parece a Caroline Leblond.
– ¡Con lo enamorado que estuve de ella!
– ¿También tú eras uno de esos que le hacía los deberes de matemáticas para que te besara?
– Lo que dices es asqueroso.
– ¿Por qué? Ella besaba a todos los muchachos que sacaban más de un siete.
– ¡Te acabo de decir que estaba locamente enamorado de ella!
– Pues muy bien, pero ya va siendo hora de que te plantees pasar página.
Sentados uno junto al otro en un banco junto al carrusel, Antoine y Mathias seguían ahora con la mirada a un hombre vestido completamente de azul que estaba colocando una gran bolsa rosa al pie de una silla y que llevaba a su hijita hasta el tiovivo.
– Hará unos seis meses -dijo Antoine.
Mathias examinó el paquete. Por la abertura entreabierta, sobresalían un paquete de galletas, una botella de naranjada y el brazo de un oso de peluche.
– ¡Tres meses a lo sumo! ¿Aceptas la apuesta?
Mathias le tendió la mano; Antoine se la estrechó.
– ¡Hecho!
La niña sobre el caballo de crines doradas pareció perder un poco el equilibrio; su padre pegó un brinco, pero el encargado de la noria ya la había vuelto a colocar bien en la silla.
– Has perdido… -repuso Mathias.
Avanzó hasta el hombre de azul y se sentó cerca de él.
– Al principio es difícil, ¿verdad? -preguntó Mathias condescendiente.
– ¡Ah, sí! -respondió el hombre a la vez que dejaba escapar un suspiro.
Mathias miró furtivamente el biberón sin tapa que sobresalía de la bolsa.
– ¿Hace mucho que os separasteis?
– Tres meses…
Mathias le dio una palmadita en el hombro y volvió con aire triunfal con Antoine. Le hizo un gesto a su amigo para que lo siguiera.
– ¡Me debes veinte euros!
Los dos hombres se alejaron por uno de los caminos del jardín de Luxemburgo.
