
– ¿Valentine no ha venido a buscarte? -preguntó Antoine a Emily.
– Mamá ha llamado a la maestra: llega tarde y quiere que vaya a esperarla al restaurante de Yvonne.
– Entonces, ven con nosotros. Yo te llevo, vamos los tres a comer algo allí.
París
Una lluvia fina mojaba las aceras relucientes. Mathias se ajustó el cuello de su gabardina y se dispuso a cruzar el paso de peatones. Un taxi le pitó y lo rozó. El conductor sacó una mano por la ventanilla con el dedo corazón levantado de una manera inconfundible. Mathias cruzó la calle y entró en el supermercado. Las luces vivas de los tubos de neón reemplazaron el tono grisáceo del cielo de París. Mathias buscó un tarro de café, dudó ante diferentes platos congelados y escogió un paquete de jamón envasado al vacío. Con su pequeño cesto lleno, se dirigió a la caja.
El comerciante le dio el cambio, pero no le deseó las buenas lardes.
Cuando llegó frente a la tintorería, la cortina de hierro estaba ya bajada, así que Mathias volvió a su casa.
Londres
Instalados en la sala desierta del restaurante, Louis y Emily dibujaban en sus cuadernos a la vez que daban buena cuenta de una crema de caramelo cuyo secreto sólo conocía la dueña, Yvonne. Ésta venía de la bodega; Antoine la seguía con una caja de vino, dos tarros de legumbres y tres botes de crema.
– ¿Cómo consigues levantar estas cosas tan grandes? -preguntó Antoine.
– ¡Lo hago sin más! -respondió Yvonne, a la vez que le indicaba que lo dejara todo sobre el mostrador.
– Deberías coger a alguien para que te ayudara.
– ¿Y cómo iba a pagar a ese alguien? Ya me cuesta arreglármelas estando yo sola.
– El domingo vendré a echarte una mano con Louis; arreglaremos tu reservado; aquello está hecho una verdadera leonera.
