
– Deja en paz mi reservado y mejor lleva a tu hijo a montar en pony por Hyde Park, o llévalo a visitar la Torre de Londres, hace meses que sueña con ello.
– Más bien está deseando visitar el Museo de los Horrores, que no es lo mismo. Y es demasiado joven para eso.
– O tú demasiado mayor -replicó Yvonne mientras colocaba sus botellas de Burdeos.
Antoine sacó la cabeza por la puerta de la cocina y miró con ganas los dos grandes platos colocados sobre la encimera. Yvonne le dio unos golpecitos en el hombro.
– ¿Os pongo dos cubiertos para esta noche? -preguntó ella.
– ¿Tres tal vez? -respondió Antoine mirando a Emily, que trabajaba en su cuaderno al fondo de la sala.
Sin embargo, apenas hubo pronunciado esa frase, la madre de Emily entró, sin aliento, en el bistró. Se dirigió hacia su hija, y le dio un beso a la vez que se disculpaba por su retraso, causado por una reunión en el consulado que la había retenido. Le preguntó si había terminado sus deberes; la niña le respondió que sí orgullosa. Antoine e Yvonne la miraban desde el mostrador.
– Gracias -dijo Valentine.
– De nada -respondieron al unísono Yvonne y Antoine.
Emily guardó su cartera y cogió a su madre de la mano. Antes de salir por la puerta, la niña y su madre se volvieron y ambas se despidieron.
París
Mathias dejó el marco sobre la encimera de su cocina. Después, rozó el vidrio con la punta de sus dedos, como si acariciara los cabellos de su hija. En la foto, Emily cogía con una mano a su madre, y con la otra le decía adiós. Se había sacado en el jardín de Luxemburgo tres años antes. Era la víspera del día en que Valentine, su mujer, lo había abandonado para instalarse en Londres con su hija.
De pie, tras la mesa de comer, Mathias acercó la mano a la plancha de hierro para asegurarse de que estaba a la temperatura adecuada. En medio de las camisas que alisaba a un ritmo de
