
– ¿Bueno qué?
– Pues que si estuviera aquí, tal vez lo querrías un poco menos.
– Hay que fastidiarse, Antoine. ¿Por qué dices siempre cosas así?
– ¡Porque es la verdad! Cuando las personas se ven todos los días, no se miran tanto, hasta que un día incluso dejan de verse.
Sophie lo miraba atónita, visiblemente irritada. Antoine volvió a coger la hoja y dijo:
– Muy bien, entonces diremos: «Amor mío»…
Él movió la hoja para que la tinta se secara y se la devolvió a Sophie. Ésta besó a Antoine en la mejilla, se levantó y lanzóun beso con la mano a Yvonne, atareada tras la barra. Cuando estaba saliendo por la puerta, Antoine la llamó.
– Perdona por lo de antes.
Sophie le sonrió y salió.
El portátil de Antoine sonó. El número de Mathias apareció en la pantalla.
– ¿Dónde estás? -preguntó Antoine.
– En mi sofá.
– Pareces abatido, ¿me equivoco?
– No, no -respondió Mathias a la vez que apretujaba las orejas de una jirafa de peluche.
– Hace un rato he recogido a tu hija de la escuela.
– Lo sé, ella misma me lo ha dicho, acabo de colgar el teléfono. Ahora tengo que volver a llamarla.
– ¿Tanto la echas de menos? -preguntó Antoine.
– Sí, y todavía más cuando acabo de hablar con ella -respondió Mathias con voz triste.
– Piensa en la suerte que tendrá después, cuando sea totalmente bilingüe, y alégrate. Está magnífica y llena de felicidad.
– Todo eso ya lo sé, pero su padre lo está menos.
– ¿Tienes problemas?
– Creo que voy a conseguir que me echen del trabajo.
– Razón de más para venir a instalarte aquí, cerca de ella.
– ¿Y de qué viviría?
– También hay librerías en Londres, y no falta el trabajo.
– Y esas librerías tuyas ¿no son un poco inglesas?
– Mi vecino se va a jubilar. Su librería está en pleno barrio francés y busca un encargado que lo reemplace.
