dos cada cuarto de hora, introdujo un paquete envuelto con papel de aluminio que planchó incluso con mayor atención. Dejó la plancha en su sitio, la desenchufó y desenvolvió el papel dejando al descubierto una croque-monsieur [1] humeante. La deslizó sobre un plato y se llevó su cena al sofá del salón y, al pasar, agarró el periódico que estaba sobre la mesa baja.


Londres

Aunque al inicio de aquella tarde el bar del restaurante estaba animado, la sala no estaba ni mucho menos llena. Sophie, la joven florista, que tenía una tienda al lado del restaurante, entró llevando en sus brazos un enorme ramo. Radiante con una blusa blanca, colocó las flores de lis en un jarrón que había sobre la encimera. La patrona le señaló discretamente a Antoine y Louis. Sophie se dirigió hacia su mesa. Besó a Louis y declinó la invitación de Antoine para que se uniera a ellos; tenía todavía cosas que hacer en la tienda y, al día siguiente, debía irse muy pronto al mercado de flores de Columbia Road. Yvonne llamó a Louis para que fuera a escoger un helado del congelador. El muchacho ya no pensó en nada más.

Antoine cogió la carta que llevaba en su abrigo y se la dio discretamente a Sophie. Ella la desdobló y empezó a leer visiblemente satisfecha. Sin dejar de leer, cogió una silla y se sentó. Le dio la primera página a Antoine.

– ¿Puedes empezar con: «Amor mío»?

– ¿Quieres que le llame «amor mío»? -respondió Antoine dubitativo.

– Sí, ¿por qué?

– ¡Por nada!

– ¿Acaso te molesta? -preguntó Sophie.

– Me parece que es demasiado.

– ¿Demasiado qué?

– ¡Demasiado, demasiado!

– No lo entiendo. ¡Si quieres a alguien con amor, lo llamas «amor mío»! -insistió Sophie convencida.

Antoine cogió su bolígrafo y le quitó el capuchón.

– ¡Eres tú la que está enamorada, así que tú decides! Pero bueno…



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