Al ex marido de la víctima le faltaba una semana para cumplir los sesenta. Alto y de constitución atlética, parecía controlar sus emociones.

El hijo de la víctima era regordete y de mayor estatura que la mayoría de los niños de su edad, diez años. Estaba nervioso, pero no se lo veía perturbado.

El chico llegó a casa en taxi, solo. Se le informó de la muerte de su madre y encajó la noticia con calma. Dijo a un agente que su padre estaba en la estación de autobuses de El Monte, esperando un vehículo de la compañía Freeway Flyer que lo llevara de regreso a Los Ángeles.

La dotación de un coche patrulla recibió la orden de desplazarse hasta allí para recoger a Armand Ellroy. Padre e hijo no habían estado en contacto desde su despedida en la estación. Ahora, los retenían en habitaciones separadas.

Hallinen y Lawton hablaron primero con el ex marido. Ellroy declaró que llevaba divorciado de la víctima desde 1954 y que aquel fin de semana estaba ejerciendo su derecho a visitar a su hijo, según lo establecido. Había recogido al chico en un taxi a las diez de la mañana del sábado, y no había visto a su ex esposa. Él y el chico tomaron un autobús hasta Los Ángeles, donde vivía. Almorzaron y fueron al Fox-Wilshire Theatre a ver una película titulada Los vikingos. La sesión terminó a las cuatro y media. Después, hicieron unas compras en la tienda de comestibles y regresaron al apartamento. Cenaron, miraron la tele y, entre las diez y las once, se acostaron.

Por la mañana, despertaron tarde. Tomaron un autobús en dirección al centro y almorzaron en la cafetería Clifton. Pasaron varias horas mirando escaparates y regresaron, también en autobús, a El Monte. En la estación, el padre puso al chico en un taxi y se sentó a esperar el autocar que lo devolvería a Los Ángeles. Un policía se acercó a él y le dio la noticia.

Hallinen y Lawton preguntaron a Ellroy qué tal se llevaba con su ex. Respondió que se habían conocido en el 39 y se habían casado en el 40. Se divorciaron en el 54; las cosas salieron mal y terminaron por aborrecerse. Los trámites del divorcio fueron reñidos y plagados de desacuerdos.



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