Se restringió en todo el valle la construcción de viviendas. Los mexicanos fueron confinados en barrios marginales y poblados de chabolas. A los negros no les estaba permitido caminar por las calles después de la puesta del sol.

Las cosechas de avellana eran enormes. Las de cítricos, también. Las granjas se convirtieron en auténticas máquinas de hacer dinero.

La Depresión puso freno a todo aquello. La Segunda Guerra Mundial lo resucitó. Los soldados repatriados tomaron la costumbre de establecerse en el Oeste. Los promotores inmobiliarios se apresuraron a ponerse al día.

Surgieron lindes y subdivisiones. Los campos de avellanos y los huertos fueron arrasados para dejar espacio a una urbanización tras otra. Los límites de la ciudad se expandieron.

Durante los años cincuenta, el crecimiento de la población se disparó. El sector agrícola entró en declive y florecieron las manufacturas y la industria ligera. La autovía de San Bernardino se extendió desde el centro de Los Ángeles hasta el sur de El Monte. Los automóviles se convirtieron en una necesidad.

Llegó la contaminación. Se levantaron nuevas urbanizaciones. El auge económico dio un nuevo aspecto al valle, pero no alteró en nada su carácter de Salvaje Oeste.

Había refugiados procedentes de las regiones azotadas por la sequía, con sus hijos adolescentes. Había chicanos repeinados con tupé, camisas Sir Guy y pantalones de faena con botones en la bragueta. Los braceros blancos odiaban a los hispanos como los viejos vaqueros aborrecían a los indios.

Había una gran afluencia de hombres jodidos por la Segunda Guerra Mundial y por la guerra de Corea. Había barrios residenciales abarrotados, intercalados con grandes zonas rurales. Se podía andar por el cauce del río Hondo Wash y capturar peces con las manos. Se podía saltar a los establos de ganado de Rosemead, matar un becerro y llevárselo. O cortar allí mismo un buen filete fresco.



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