Mary Higgins Clark, Carol Higgins Clark


Misterio en alta mar

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Lunes, 19 de diciembre


Randolph Weed, autoproclamado comodoro, se encontraba en la cubierta de su alegría y orgullo, el Royal Mermaid, un viejo barco que había comprado y en el que había gastado una fortuna en restaurar, y donde pensaba pasar el resto de su vida haciendo de anfitrión tanto a amigos como a invitados de pago. El barco, amarrado en el puerto de Miami, ultimaba los preparativos para su travesía inaugural, el «Crucero de Santa Claus», un viaje de cuatro días por el Caribe con una parada en Fishbowl Island.

Dudley Loomis, su relaciones públicas, un hombre de cuarenta años que haría las veces de director del crucero, se le acercó. Respiró hondo la refrescante brisa que provenía del océano Atlántico y suspiró contento.

– Comodoro, he vuelto a enviar correos electrónicos a todos los medios de comunicación para informarles de este único y maravilloso viaje inaugural. Empezaba diciendo: «El día 26 de diciembre Santa Claus renunciará al trineo, dando a Rudolph y a los otros renos unas vacaciones para hacer un crucero. Es el crucero de Santa Claus: un regalo del comodoro Randolph Weed a un selecto grupo de personas que, cada una a su manera, han hecho del mundo un lugar mejor este último año».

– Siempre me ha gustado hacer regalos -comentó el comodoro con una sonrisa en su rostro curtido pero todavía atractivo a sus sesenta y tres años-. Pero la gente no siempre sabe apreciarlos. Mis tres ex mujeres nunca entendieron hasta qué punto soy un hombre profundo y cariñoso. Por Dios, si a la última le di hasta mis acciones de Google antes de que se hiciera público.

– Fue un craso error -replicó Dudley solemne, moviendo la cabeza-. Un error terrible.

– No me importa el dinero. He ganado y perdido fortunas. Ahora quiero dar algo a los demás. Como ya sabes, este crucero se planificó para recaudar fondos para obras benéficas y celebrar la generosidad de los que han dado algo de sí mismos.



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